“Somos ciudadanos del cielo” (Fil. 3,20)


El 15 de Agosto celebramos en la Iglesia la fiesta de la Asunción de la virgen María al cielo. Es un Dogma de fe católica creer y aceptar que, la Madre de Dios, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. Esta es una verdad de fe que la Iglesia siempre ha creído, proclamado y celebrado. Como Dogma fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de Noviembre de 1950 con la Constitución Apostólica Munificentisimus Deus. En este documento pontificio escribe el Papa:

 

 

“Para aumentar la gloria de la misma  Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Virgen María,  terminado el curso de su vida terrenal, fue llevada en cuerpo y alma al cielo”.

 

 

El Catecismo de la Iglesia enseña que “Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo y su docilidad al Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia, incluso constituye la figura y modelo de la Iglesia (No. 967).

 

María, asunta al cielo es modelo y esperanza de la  condición terrena y del destino eterno de sus hijos e hijas. Ella, desde el cielo, ejerce su misión maternal en favor de la Iglesia, animando su esperanza, intercediendo por su bienestar, protegiéndola con su gracia y educándola con su ejemplo de entrega y servicio al Plan divino de salvación. 

 

Este dogma se sitúa dentro de la doctrina de la Iglesia sobre la resurrección de los cuerpos y la victoria sobre la muerte. La fiesta de la asunción nos invita a reflexionar sobre nuestra vocación a la santidad y sobre el destino final de los fieles: la llegada al cielo.

 

La Asunción de la virgen María ilumina y orienta nuestro fin último, la llegada al cielo, la entrada en el reino de Dios. Es la recompensa de Dios a todos cuantos escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica; es el reencuentro de los hijos con el Padre. En la Catena Legionis, los legionarios proclamamos este misterio así:

 

“¿Quién es esta que va subiendo, cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla?”.  

 

A los ocho días, el 22 de agosto,  celebramos la fiesta de María Reina de toda creación, una manera humana y lógica de entender la glorificación de María: una vez llevada al cielo fue coronada de gloria. Con este misterio, inspirado en la decripción del capítulo 12 del libro del Apocalipsis, que nos presenta la figura de la mujer coronada de doce estrellas y con la luna bajo sus pies; se proclama a la virgen María como la criatura superior y la primera entre todos los santos. 

 

Esta fiesta fue instituida de forma litúrgica por el Papa Pío XII en 1954; sin embargo, desde el siglo V, en el mismo período en que el Concilio de Éfeso proclamó a María como “Madre de Dios”, también se le empezó a llamar con el título de Reina, para resaltar su excelsa dignidad, que la sitúa por encima de todas las criaturas.

 

María es reina porque participa del reinado de Cristo de una forma singular y preeminente, ella, como Reina del Cielo precede a la humanidad en la gloria de Dios, es el punto más alto de unión entre Dios y los hombres, ella es la alegría de Israel y el orgullo de nuestra raza (Cf. Judit 13,18). 


P. Saúl Efren Cruz Torres.

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